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Prehistoria: Las primeras interpretaciones atribuían las enfermedades a causas sobrenaturales: demonios, fuerzas invisibles y magia. Las terapias quedaban en manos de curanderos, magos y chamanes capaces de contactar con estas fuerzas y realizar rituales para expulsar a los espíritus malignos.
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En la Antigüedad, la religión profundizó la interpretación sobrenatural : la enfermedad era vista como castigo divino por pecados, transgresiones o negligencias ante los dioses. Eran los dioses, santos o demonios particulares quienes provocaban dolencias específicas.
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Se generalizó el uso de sacrificios, plegarias, penitencias, conjuros y ofrendas para aliviar enfermedades tanto en personas como en plantas. Por ejemplo, en Mesopotamia se rendía culto a la diosa Ninkilim para proteger la cebada, y en la India y América precolombina se utilizaban conjuros inscritos en la tradición Veda y festividades agrícolas vinculadas a deidades.
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Desde Babilonia y la Grecia antigua se creía que los astros, la luna y los planetas influían directamente en la salud y los cultivos . El diagnóstico dependía de parte de criterios astrales.
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Dominó desde la antigua India (1500-500 aC), la China clásica, pasando por Grecia (Hipócrates, 460-370 aC) hasta el siglo XVIII. Atribuía la salud al equilibrio de humores vitales (bilis, flema, sangre/viento).
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En la India, el desequilibrio de los tres doshas (kapha, pitta, vata: flema, bilis, aire) explicaba la enfermedad; en China, la alternancia entre yin-yang; en Grecia, la combinación de cuatro elementos y cuatro humores. Hipócrates y sus seguidores (Platón, Galeno, Avicena) estipulaban que los humores se influenciaban por el ambiente y la dieta — la salud era un estado de "eucrasia", mientras que la "discrasia" llevaba a la enfermedad.
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Se empleaban terapias de "ley de los opuestos" (contraria contrariis), dietas especiales y sangrías. En plantas, las enfermedades se tratan con sustancias de la naturaleza contraria al desorden del humor (miel y leche para bilis, mostaza y corteza para flema).
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(Galeno, siglo II dC) hasta finales del siglo XIX: Otras nociones de causa
A lo largo de la historia se reconocieron causas multifactoriales y complejas: Galeno distinguió entre causa inicial (factores ambientales) y causas antecedente (predisposición del individuo). -
La obsesión por la higiene urbana y el saneamiento nace con esta teoría: trampas de alcantarilla, filtros y desodorantes se popularizaron en el siglo XIX. En agricultura, explicaciones similares surgían pero con escasa aceptación: la roya de los cereales se suponía provenía de los vapores de ríos y pantanos.
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Grandes pandemias como la malaria, la cólera o la fiebre amarilla se vinculaban a la inhalación de “malos aires”. La fiebre amarilla, por ejemplo, se asociaba a miasmas atmosféricos y terrestres; Max von Pettenkoffer defendía la transmisión por gases tóxicos del suelo.
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Vigente en la medicina y, algo menos, en fitopatología hasta el siglo XIX, la teoría del miasma sostenía que las enfermedades provenían de exhalaciones o vapores pútridos liberados por materia orgánica en procesamiento.
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En la Edad Media (siglo XIV), se atribuyó la peste negra a la conjunción de Saturno, Júpiter y Marte. Se pensaba que tal conjunción generaba vapores mortales (“material gaseoso contaminante”) que rondaban el corazón y los pulmones de las personas, provocando enfermedad.
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durante la peste negra en Europa (1347), se organizaban procesiones religiosas y rituales de flagelación para aplacar la ira divina, considerando la pandemia resultado de “cuerpos superiores” o de los dioses.
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Antes del reconocimiento formal por Pasteur y Koch, hubo aportes cruciales en fitopatología. 1728: Duhamel du Monceau aisló esclerocios de hongo en azafrán y mostró su transmisión al inocular plantas sanas con estas estructuras, postulando así una relación causal experimental.
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(siglo XIX) hablaba de categorías de causas: individuales (edad, sexo), atmosféricas (clima) y telúricas (propias del terreno o suelo). En el ámbito agrícola, Prévost y Harshberger diferencian entre causa directa/inmediata y secundaria o predisponente, de acuerdo con el hospedero y el entorno.
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Surge así la visión del triángulo epidemiológico (agente, hospedero, ambiente) como fundamento de la interpretación actual, anticipado incluso por Hipócrates con su referencia al efecto del clima sobre la salud por el equilibrio de humores.
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Isaac-Bénédict Prévost observó esporas de hongos en trigo y demostró experimentalmente que eran causa necesaria y suficiente de la enfermedad.
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En el siglo XIX, incluso pandemias como la cólera asiática (1817) se vincularon popularmente a las fases lunares o presagios astrales como la aparición del cometa Halley en 1835. Los horóscopos lunares guiaban prácticas agrícolas y fechas de siembra. Enfermedades de plantas como la roya de la cebada se explicaban por eventos lunares o climáticos determinados por los astros, y se creía que ciertos colores del arcoíris pronosticaban cosechas o epidemias vegetales.
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Epidemias como la de la papa en Irlanda y estudios de Anton de Bary sobre tizón tardío confirman el papel de hongos como agentes etiológicos mediante inoculación y prueba de patogenicidad.
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1857: Pasteur publica estudios sobre fermentaciones microbianas.
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Identifica por primera vez un agente infeccioso en el gusano de la seda; desarrolla la noción de causa necesaria.
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Koch perfeccionó los métodos de aislamiento e inoculación de microorganismos y fórmulas sus postulados, aplicando el rigor experimental: para demostrar la etiología microbiana debía aislarse el microorganismo en el enfermo, cultivarse, inocularse en sanos y recuperarse el mismo agente. Así, desplaza por completo las viejas teorías mágicas, humorales y miasmáticas, marcando el inicio de la microbiología y la fitopatología científicas modernas.