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En las primeras comunidades humanas, las enfermedades eran vistas como un castigo sobrenatural o un mal enviado por espíritus y fuerzas desconocidas. Para sanar, se acudía a chamanes, rituales mágicos y amuletos protectores.
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En civilizaciones como Egipto y Mesopotamia, las enfermedades eran vistas como castigo divino. La curación pasaba por rezos, penitencias y ofrendas a los dioses.
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En Grecia y Roma, se pensaba que las enfermedades estaban influidas por astros y planetas. La posición de la luna o las estrellas podía desatar epidemias.
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Hipócrates propuso que la salud dependía del equilibrio entre sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema. Un desajuste causaba enfermedad
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Se pensaba que la enfermedad se originaba en el aire contaminado o en “miasmas” provenientes de la descomposición de materia orgánica. La peste negra, por ejemplo, se relacionaba con olores fétidos y humedades insalubres.
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Algunos naturalistas comenzaron a observar organismos microscópicos, aunque aún no se relacionaban de manera clara con las enfermedades. Era un punto intermedio entre el miasma y nuevas explicaciones más científicas.
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Antes de los descubrimientos oficiales, varios científicos sospechaban que existían pequeños “animálculos” o seres invisibles que causaban enfermedades, aunque no se tenían pruebas ni técnicas sólidas para demostrarlo.
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Se confirmó que los microorganismos eran la causa de muchas enfermedades tanto en humanos como en plantas. Pasteur demostró el papel de bacterias y hongos, mientras Koch estableció los famosos postulados para identificar patógenos.
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La ciencia abrió la puerta a entender que no todas las enfermedades provenían de microorganismos. Factores como deficiencias nutricionales, alteraciones genéticas, estrés ambiental y contaminantes químicos también podían enfermarnos.
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Hoy se entiende la enfermedad como multifactorial: resultado de la interacción entre microorganismos, ambiente, genética y hábitos de vida