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El hombre primitivo, el que usó por casa las cavernas, sólo contaba con su fuerza, es decir, con su energía muscular, para buscar alimento, para arreglar su vivienda. Poco a poco, fue aprendiendo a aprovechar otras formas de energía y la vida se hizo más cómoda. Un buen día entendió que si utilizaba piedras para romper nueces o huesos, o para despellejar ciertos frutos, se cansaba menos, le costaba menos trabajo.