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Nació el 23 de octubre, en el castillo de
Loyola en Azpeitia, población de Guipúzcoa, cerca de los
Pirineos -
Su padre, don Bertrán, era señor de Ofiaz y de Loyola,
jefe de una de las familias más antiguas y nobles de la región. Y
no era menos ilustre el linaje de su madre, Marina Sáenz de
Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el nombre que recibió el
santo en el bautismo) era el más joven de los ocho hijos y tres
hijas de la noble pareja. -
Cambió por completo de orientación: la lectura de libros piadosos durante su convalecencia le decidió a consagrarse a la religión.Se retiró inicialmente a hacer penitencia y oración en Montserrat y Manresa, donde empezó a elaborar el método ascético de los Ejercicios espirituales
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Iñigo luchó contra los franceses en el
norte de Castilla. Pero su breve carrera militar terminó
abruptamente el 20 de mayo de 1521, cuando una bala de
cañón le rompió la pierna durante la lucha en defensa del castillo
de Pamplona. Después de que Iñigo fue herido, la guarnición
española capituló. -
Empezó con el método de los ejercicios espirituales le hicieron sospechoso de heterodoxia (asimilado a los «alumbrados» o a los seguidores de Erasmo de Rotterdam): en Castilla fue procesado, se le prohibió la predicación.
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Como Ignacio carecía de los estudios y
la autoridad para enseñar, fue acusado ante el vicario general del obispo, quien le tuvo
prisionero durante cuarenta y dos días, hasta que, finalmente, absolvió de toda culpa a Ignacio
y sus compañeros, pero les prohibió llevar un hábito particular y enseñar durante los tres años
siguientes. Ignacio se trasladó entonces con sus compañeros a Salamanca -
Cuando recuperó la libertad, resolvió abandonar España. En pleno invierno, hizo el viaje a París, a donde llegó
en febrero. Los dos primeros años los dedicó a perfeccionarse en el latín, por su cuenta. Durante el verano
iba a Flandes y aun a Inglaterra a pedir limosna a los comerciantes españoles establecidos en
esas regiones. Con esa ayuda y la de sus amigos de Barcelona, podía estudiar durante el año.
Pasó tres años y medio en el Colegio de Santa Bárbara, dedicado a la filosofía. -
Pero el maestro Peña juzgó que con aquellas prédicas
impedía a sus compañeros estudiar y predispuso contra Ignacio al doctor Guvea, rector del
colegio, quien condenó a Ignacio a ser azotado para desprestigiarle entre sus compañeros.
Ignacio no temía al sufrimiento ni a la humillación, pero, con la idea de que el ignominioso
castigo podía apartar del camino del bien a aquéllos a quienes había ganado -
Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de la
Universidad de París.
Las palabras fervorosas de Ignacio, llenas del Espíritu Santo, abrió los corazones de algunos
compañeros. Por aquella época, se unieron a Ignacio otros seis estudiantes de teología: Pedro
Fabro, que era sacerdote de Saboya; Francisco Javier, un navarro; Laínez y Salmerón, que
brillaban mucho en los estudios; Simón Rodríguez, originario de Portugal y Nicolás Bobadilla. -
Ignacio partió de París, Su familia le recibió con gran gozo, pero el santo se negó a habitar en el castillo de Loyola y se hospedó en una pobre casa de Azpeitia.
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Dos años más después , se reunió con sus compañeros en Venecia. Pero la guerra entre venecianos y turcos les impidió embarcarse hacia Palestina. Los compañeros de Ignacio, que eran ya diez, se trasladaron a Roma; Paulo III los recibió muy bien y concedió a los que todavía no eran sacerdotes el privilegio de recibir las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo. Después de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías de Venecia a fin de prepararse para los ministerios apostólicos
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San Ignacio de Loyola consiguió reunir un grupo de seis compañeros a los que comunicó sus ideas y con los que sembró el germen de la Compañía de Jesús, haciendo juntos votos de pobreza y apostolado en la Cueva de Montmartre. Ante la imposibilidad de marchar a hacer vida religiosa en Palestina, por la guerra contra los turcos, se ofrecieron al papa Pablo III, quien les ordenó sacerdotes
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Los nuevos sacerdotes celebraron la primera misa entre septiembre y octubre, excepto Ignacio, quien la difirió más de un año con el objeto de prepararse mejor para ella. Como no había ninguna probabilidad de que pudiesen trasladarse a Tierra Santa, quedó decidido finalmente que Ignacio, Fabro y Laínez irían a Roma a ofrecer sus servicios al Papa.
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Ignacio y sus compañeros decidieron formar una congregación religiosa para perpetuar su obra. A los votos de pobreza y castidad debía añadirse el de obediencia para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior general a quien todos obedecerían, el cual ejercería el cargo de por vida y con autoridad absoluta, sujeto en todo a la Santa Sede. A los tres votos arriba mencionados.
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En Roma, consagrado a la colosal tarea de dirigir la orden que había fundado. Entre otras cosas, fundó una casa para alojar a los neófitos judíos durante el período de la catequesis y otra casa para mujeres arrepentidas. En cierta ocasión, alguien le hizo notar que la conversión de tales pecadoras rara vez es sincera, a lo que Ignacio respondió: "Estaría yo dispuesto a sufrir cualquier cosa por el gozo de evitar un solo pecado". Rodríguez y Francisco Javier habían partido a Portugal.
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La primera de las obras de caridad consistiría en "enseñar a los niños y a todos los hombres los mandamientos de Dios". La comisión de cardenales que el Papa nombró para estudiar el asunto se mostró adversa al principio, con la idea de que ya había en la Iglesia bastantes órdenes religiosas, pero un año más tarde, cambió de opinión, y Paulo III aprobó la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540
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San Ignacio de Loyola, cuyo fervor y energía inspiraban al grupo, fue elegido por unanimidad su primer general. Ignacio fue elegido de la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia, que aceptase el cargo. Empezó a
ejercerlo el día de Pascua -
En el intento fracasó, Ignacio ordenó que se hiciesen oraciones por la conversión de Inglaterra, y entre los mártires de Gran Bretaña se cuentan veintinueve jesuitas. La actividad de la Compañía de Jesús en Inglaterra es un buen ejemplo del importantísimo papel que desempeñó en la contrarreforma Ese movimiento tenía el doble fin de dar nuevo vigor a la vida de la Iglesia y de oponerse al protestantismo.
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El Papa Paulo III nombró como teólogos suyos, en el Concilio de Trento, a los padres Laínez y Salmerón. Antes de su partida, San Ignacio les ordenó que visitasen a los enfermos y a los pobres y que, en las disputas se mostrasen modestos y humildes y se abstuviesen de desplegar presuntuosa- mente su ciencia y de discutir demasiado. Pero, sin duda que entre los primeros discípulos de Ignacio el que llegó a ser más famoso en Europa, por su saber y virtud, fue San Pedro Canisio.
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La Compañía reproducía la estructura militar en la que Ignacio había sido educado, pero al servicio de la propagación de la fe católica, amenazada en Europa por las predicaciones de Lutero, que habían puesto en marcha la Reforma protestante. Las Constituciones que Ignacio la configuraron como una orden moderna y pragmática, concebida racionalmente, disciplinada y ligada al papa, para el cual resultaría un instrumento de gran eficacia en la «reconquista» de la sociedad.
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San Ignacio hizo de aquel colegio el modelo de todos los otros de su orden y se preocupó por darle los mejores maestros y facilitar lo más posible el progreso de la ciencia. El santo dirigió también la fundación del Colegio Germánico de Roma, en el que se preparaban los sacerdotes que iban a trabajar en los países invadidos por el protestantismo. En vida del santo se fundaron universidades, seminarios y colegios en diversas naciones.
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Ignacio le ganó el corazón de sus súbditos. Era con ellos afectuoso como un padre, especialmente con los enfermos, a los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles el mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque San Ignacio era superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados, sin perder por ello nada de su autoridad. En las cosas en que no veía claro se atenía humildemente al juicio de otros.
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Como en esos quince años el santo había estado enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó una
vez más. Murió súbitamente el 31 de julio de 1556, sin haber tenido siquiera tiempo de recibir los últimos sacramentos. -
El papa Pío XI le proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros