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El sospechoso vagaba por la estación de
Francia como un alma perdida en una catedral forjada de hierro y niebla. El
agente se me aproximó con aire de novela negra. Me preguntó si mi nombre era
Óscar Drai y si era yo el muchacho que había desaparecido sin dejar rastro del
internado donde estudiaba. Asentí sin despegar los labios. Recuerdo el reflejo de
la bóveda de la estación sobre el cristal de sus gafas. -
Me acompañó hasta la calle y allí se despidió, sin preguntarme dónde había estado. Le vi alejarse por el Paseo Colón. El humo de su cigarrillo intacto le seguía como un perro fiel. -
Por entonces y o era un muchacho de quince años que languidecía entre las paredes de un internado con nombre de santo en las faldas de la carretera de Vallvidrera. -
En aquellos días la barriada de Sarriá conservaba aún el aspecto de pequeño pueblo varado a orillas de una metrópolis modernista. -
Su monumental fachada sugería más un castillo que una escuela. Su angulosa silueta
de color arcilloso era un rompecabezas de torreones, arcos y alas en tinieblas.
El colegio estaba rodeado por una ciudadela de jardines, fuentes, estanques
cenagosos, patios y pinares encantados. -
La mayoría de las antiguas mansiones señoriales que en su día habían poblado el
norte del Paseo de la Bonanova se mantenía todavía en pie, aunque sólo fuese en
ruinas. Las calles que rodeaban el internado trazaban una ciudad fantasma.
Muros cubiertos de hiedra vedaban el paso a jardines salvajes en los que se
alzaban monumentales residencias. -
La calle describía una curva que terminaba en una verja igual que muchas otras. Más allá se extendían los restos de un viejo jardín
marcado por décadas de abandono. Entre la vegetación se apreciaba la silueta de
una vivienda de dos pisos. Su sombría fachada se erguía tras una fuente con
esculturas que el tiempo había vestido de musgo. -
Descendí hasta la calle Margenat. Sarriá despertaba a mi alrededor. Nubes bajas peinaban la barriada capturando las primeras luces en un halo dorado. Las fachadas de las casas se dibujaban entre los resquicios de neblina y las hojas secas que volaban sin rumbo. -
Mi inesperado desayuno consistió en cruasanes que la joven había traído de la pastelería Foix, en la Plaza Sarriá. -
Creo que nunca había sido tan puntual en toda mi vida. La ciudad todavía andaba
en pijama cuando crucé la Plaza Sarriá. A mi paso, una bandada de palomas alzó
el vuelo al toque de campanas de misa de nueve. Un Sol de calendario encendía
las huellas de una llovizna nocturna. -
Cruzamos frente al agujero negro del bar Víctor. Un grupo de pijos, parapetados
tras gafas de sol, sostenía unas cervezas y calentaba el sillín de sus Vespas con
indolencia. Al vernos pasar, varios tuvieron a bien bajarse las Ray Ban a media
asta para hacerle una radiografía a Marina. « Tragad plomo» , pensé. -
Una vez llegamos a la calle Dr. Roux, Marina giró a la derecha. Descendimos
un par de manzanas hasta un pequeño sendero sin asfaltar que se desviaba a la
altura del número 112. La enigmática sonrisa seguía sellando los labios de
Marina. -
Más allá, un jardín encantado poblado por lápidas, cruces y mausoleos enmohecidos palidecía bajo sombras azuladas. El viejo cementerio de Sarrià. Este es uno de los lugares más escondidos de Barcelona. Si uno pregunta cómo llegar a él a vecinos o taxistas, lo más seguro es que no lo sepan, aunque todos hayan oído hablar de él. Los pocos que están en posesión del secreto de su ubicación sospechan que este viejo cementerio no es más que una isla del pasado que aparece a su capricho. -
Cruzamos el Paseo de la Bonanova y ascendimos hacia la falda de las montañas, poblada por palacetes y mansiones que habían conocido mejores épocas. La dama se adentró en la retícula de calles desiertas. Un manto de hojas secas las cubría, brillantes como las escamas abandonadas por una gran serpiente. Luego se detuvo al llegar a un cruce, una estatua viva. El rastro nos llevó a una callejuela sin salida, cortada por los ferrocarriles de Sarriá, que ascendían hacia Vallvidrera y Sant Cugat. -
El rastro nos llevó a una callejuela sin salida, cortada por el
tramo descubierto de los ferrocarriles de Sarriá, que ascendían hacia Vallvidrera y Sant Cugat. -
La calle Princesa ascendía a través del casco antiguo en un angosto valle de sombras. Desfilé frente a viejos palacios y edificios que parecían más antiguos que la propia ciudad. El número 33 apenas podía leerse desdibujado en la fachada de uno de ellos. Me adentré en un vestíbulo que recordaba el claustro de una vieja capilla. Un bloque de buzones oxidados palidecía sobre una pared de esmaltes quebrados. -
A nuestros pies una cala en forma de media luna abrazaba una lengua de mar verde transparente. Más allá, la hondonada de rocas y playas dibujaba un arco hasta la Punta Prima, donde la silueta de la ermita de Sant Elm se alzaba como un centinela en lo alto de la montaña. Desde allí, una escalera horadada en la roca se deslizaba hasta la playa de piedras doradas. El agua era tan cristalina que podía leerse en ella cada pliegue en la arena bajo la superficie. -
Empezaba a caer la tarde cuando ascendimos por las escaleras que daban a la boca de las Ramblas. Se acercaban las Navidades y la ciudad estaba engalanada con guirnaldas de luz. Los faroles dibujaban espectros multicolores sobre el paseo. Bandadas de palomas
revoloteaban entre quioscos de flores y cafés, músicos ambulantes y cabareteras, turistas y lugareños, policías y truhanes, ciudadanos y fantasmas de otras épocas. Germán tenía razón; no había una calle así en todo el mundo. -
Se acercaba el mediodía y Florián nos invitó a comer algo en un bar que había junto a la estación. A todos nos apetecía salir de aquella casa.
El dueño del bar parecía amigo de Florián y nos guió a una mesa apartada
junto a la ventana. -
La dirección que Marina había conseguido correspondía a una vieja casa que estaba prácticamente al borde del abismo. Los matojos del jardín se habían apoderado del lugar. Un buzón oxidado se alzaba entre ellos como una ruina de la era industrial. Nos colamos hasta la puerta. -
Vi calles oscuras y estrechas como brechas cortadas en la roca. Faroles y fachadas góticas en la neblina. Me dejé
caer de nuevo, desconcertado. Estábamos en la ciudad vieja, en algún punto del Raval. El hedor a cloacas inundadas ascendía como el rastro de un pantano. -
andamiaje. Una tiniebla espesa velaba una gran marquesina de estilo modernista. Acerté a ver columnas y una hilera de ventanillas decoradas con un intrincado diseño de hierro forjado. Taquillas. Los arcos de entrada que se apreciaban más allá me recordaron los pórticos de un castillo de leyenda. Todo ello estaba cubierto por una capa de escombros, humedad y abandono. Comprendí de repente dónde estaba. Aquél era el Gran Teatro Real. -
No giró hasta la calle Fernando, en dirección a la Plaza de San Jaime. -
Era el cochero de nuevo. Claret. Esperé a que su figura se desvaneciese y seguí el eco de sus pasos.Tras el rastro de Claret me convertí en una sombra entre las sombras. La pobreza y la miseria de aquel barrio podían olerse en el aire. Claret caminaba con largas zancadas por calles en las que yo no había estado jamás. No me situé hasta que le vi doblar una esquina y reconocí la calle Conde del Asalto.
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El auricular estaba sucio y grasiento. Junto al teléfono había un platillo de
vidrio con cajetillas de cerillas impresas con el nombre del establecimiento y un
águila imperial. Bodega Valor, ponía. Aproveché que el bodeguero estaba de
espaldas conectando el contador y me llené los bolsillos con las cajetillas de
fósforos. -
Vislumbré un teléfono público entre los pórticos de la Plaza Real. Sabía que tenía que llamar al inspector Florián cuanto antes y explicarle lo que estaba sucediendo, pero detenerme hubiera significado perder a Claret. -
Cuando se internó en el Barrio Gótico, y o fui detrás. Pronto, su silueta se perdió bajo puentes tendidos entre palacios. Arcos imposibles proyectaban sombras danzantes sobre los muros. Habíamos llegado a la Barcelona encantada, el laberinto de los espíritus, donde las calles tenían nombre de leyenda y los duendes del tiempo caminaban a nuestras espaldas. -
Seguí el rastro de Claret hasta una calle oculta tras la catedral. Una tienda de
máscaras marcaba la esquina. -
Marina señaló hacia las ventanas iluminadas en el tercer piso del anexo al teatro. Reconocí la entrada de las caballerizas. Aquélla era la vivienda de Claret. Nos dirigimos hacia el portal. El interior de la escalera todavía estaba encharcado por el aguacero de la noche pasada. Empezamos a ascender los peldaños gastados y oscuros.
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Desde el taxi, el hospital de San Pablo me pareció una ciudad suspendida en las nubes, todo torres afiladas y cúpulas imposibles. Germán se había enfundado un traje limpio y viajaba junto a mí en silencio. Yo sostenía un paquete envuelto en el papel de regalo más reluciente que había podido encontrar.