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Las familias en la década de los 70 fueron el centro de nuestras vidas. En esa época, había familias numerosas, y las mujeres desempeñaban un papel como amas de casa. Por esta razón, eran muy pocas las mujeres que trabajaban, y las que lo hacían realizaban trabajos como asistentes, secretarias, taquimecanógrafas, entre otros.
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En la década de los 80, el promedio de hijos bajo y la educación ya no presentaba un problema. Las madres seguían desempeñando su papel como amas de casa y en la organización del hogar. Era el hombre quien se encargaba de llevar las riendas de la casa y el que aportaba económicamente al hogar.
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En la década de los 90, la mujer comenzó a salir de casa con un rol más activo. Las universidades se llenaron de mujeres que querían estudiar ciencias sociales, humanidades, ingenierías y especializaciones técnicas, lo que les permitió ingresar a la fuerza laboral, logrando independencia económica y mayor soltura en sus vidas. Esto dejó en un segundo plano la maternidad y, con ello, aumentaron los divorcios. La mujer pasó de ser ama de casa a proveedora financiera del hogar.
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En el siglo XXI, los hijos se limitan a uno o dos por pareja, y la mujer decide postergarlos, enfocándose primero en su vida profesional antes de traerlos al mundo. Los deberes ya se van equiparando entre padres e hijos, a diferencia de años anteriores, cuando los deberes estaban muy definidos. Las mujeres logran igualar su vida financiera a la de los hombres, y muchos deciden no casarse para dedicarse al hogar, aceptando la unión libre. Los matrimonios han disminuido.
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En 2010, la falta de ingresos lleva a las familias a tener uno o ningún hijo. La escasez de tiempo y atención de los padres provoca rebeldía en los hijos, quienes buscan afecto en sus amistades. Las parejas, al no cumplir sus expectativas, enfrentan problemas que pueden llevar a separaciones, y algunos optan por nuevas uniones o se mantienen solteros sin compromisos.